EDITORIAL AGOSTO 2019

EDITORIAL

Cantando y en procesión

Si algo tiene el verano es que te da una tregua en la vorágine diaria y te hace ver las cosas con perspectiva. Por unos días te olvidas de madrugar (quien tenga la suerte de que Morfeo le conquiste sus sueños) y consigues que la tensión diaria se quede en la estacada.

Nunca fui de estarme quieta y el verano no iba a ser diferente. He hecho más kilómetros que el tren transiberiano, y la compañía y los lugares conquistados para la retina, han sido cuanto menos espectaculares.

No concibo la vida sin viajes, pocos entienden esta tara mental mía de ver mundo, por eso los conquistadores del siglo XVI me resultan un perfecto ejemplo a seguir.

El gran Alonso de Ojeda, navegante conquense íntimo amigo de Juan de la Cosa, el mejor marino de la época que murió acribillado por las flechas de los indios, fue un hombre rápido de reflejos y un hombre de acción, que no se amilanaba ante el desaliento ni ante los problemas y las penurias a las que hacía frente. Con una gran destreza militar, acompañó a Colón en su segundo viaje y fue el segundo español al que le darían concesiones de tierra firme para establecer asentamientos y explotaciones. A pesar de su fama temeraria, fue un capitán que no imponía sino que consultaba.

Protagonista de numerosas aventuras, una especial por su bravura y fuerza es aquella en la que se enfrentó a los caníbales en el fuerte Santo Tomás en la costa guajira. En plena jungla, donde los combates eran brutales y de gran violencia, recibiendo flechas con curaré, un veneno al que llamaban "los siete pasos", ya que si eras el blanco de una de esas flechas, caminabas seis, caminabas siete, pero no llegabas a dar el octavo paso. Y más valía que cayeses muerto, porque sino, servías de manjar a los caníbales.

El fuerte de Santo Tomás tenía tres perímetros defensivos, y Alonso de Ojeda se refugió en él, con cien de sus hombres tras el duro hostigamiento del nativo Caonabo, un caníbal con hambre de españolito. Al límite de la resistencia, sin apenas comida, estuvieron a punto de tirar la toalla, pero la providencia mandó una de esas tormentas del caribe para derramar su furia, y tras ella, Alonso de Ojeda mandó atacar a los caníbales "Cantando y en procesión", un grito de guerra que insufló adrenalina y valor a todos sus soldados y con el que consiguieron acabar con el enemigo.
Una vida de luces y sombras. La última voluntad de Alonso de Ojeda fue la de ser enterrado en la puerta del Monasterio de San Francisco de Santo Domingo en la República Dominicana, con el expreso mandato de que todo aquel que entrara en el recinto, pisara su tumba en pago de los errores que cometió a lo largo de su vida.

Cada día los empresarios levantamos la persiana, pese a la deriva política a la que estamos sometidos con el gobierno de Sánchez, que parece no tener prisa porque la economía y el país sigan creciendo. Es exasperante ver cómo pasan los días sin que consigan llegar a un acuerdo. Cortos de miras y sin prisa por gobernar, porque total, el sueldo lo cobran religiosamente todos los meses, hagan o no su trabajo.

Como Alonso de Ojeda, inasequibles al desaliento, como empresario, cuando remes, dependerá de tí que tu barca vaya a la orilla, o que llegue a buen puerto. Tus soldados tendrán la fuerza que tú les transmitas. La incertidumbre estimula la creatividad, por lo que en esta época política que el querido Sánchez nos está regalando, ejercita con brío el cerebro mientras maquinas sobre el nuevo curso y sus retos.

Cuídate de los que te regalan palabras de alabanza cargadas de envidia.

Aléjate de las personas tóxicas, que te absorberán la energía.

Ten siempre un puerto al que volver.

Y sobre todo, ataca siempre cantando y en procesión...

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