Editorial Septiembre 13

 

Claro que somos olímpicos

La noticia de que no vamos a ser olímpicos pese al empeño del Ayuntamiento de Madrid ha sorprendido a muchos. A mí la verdad es que el hecho de que Tokio ganase, poniendo su artillería de billetes encima de la mesa no me ha sorprendido, lo que me ha dejado atónita es que en la votación frente a Estambul empatásemos y más tarde perdiésemos. Estamos hablando de un país que día sí y día también es noticia por incidentes violentos. ¿Dónde estaba el listo de Mónaco para preguntar por la violencia con que los turcos resuelven sus diferencias? Porque allí lo hemos visto, primero disparan y luego preguntan.

Tokio se convertirá en la ciudad de moda, nadie se acordará que tiene una central nuclear que tirita, ni que hay residuos radioactivos.

Madrid podría haber tenido no sólo un empujón en cuanto a infraestructuras, sino que miles de turistas hubiesen venido a gastar dinero.

El sector del turismo y el de la construcción habrían sido los grandes beneficiados en términos de empleo, de la llegada de los Juegos, así como la hostelería, el comercio y el transporte terrestre.

Es lamentable la imagen de pobrecillos y de humildes que hemos querido dar, aquí hay que morir a lo grande, nada de ir dando pena y de pobrecillos.

No es sólo que la presentación dejase mucho que desear, lo del inglés aparte (teniendo en cuenta que aunque ni el 66% de la población habla inglés, un político debería estar obligado a hablarlo), sino que está claro que no te comes el mundo con la mediocridad como ADN.
No nos engañemos señores, el dinero mueve el mundo y los pobres no van a ser pieza clave en la historia a menos que su inteligencia y agudeza mental convierta esa pobreza en fingida abundancia.

A un padre le llega su hija y le expone que va a casarse: escucha papá, tengo tres pretendientes: Takashi, tiene 30 años, es japonés, tuvo un problemilla en el 2011 porque vivía cerca de Fukushima, pero ya sabes que nada grave. Bueno, a veces por la noche le brillan los ojos cual cartel de “Las Vegas” pero papi, eso sólo le hace parecer más romántico. Sus papás tienen una mansión en Tokio, el tatami no es tan duro como dicen (ten fe en mí) y la boda la patrocinarían ellos, además va a fletar un avión para todos nuestros invitados. Papi, no te asustes, le quiero.

Mi segundo pretendiente es de Estambul, sí, la antigua Constantinopla, ¡ay! No papá!! Que allí no son todos moros zumbados, ¡que está a las puertas de Europa! Abdul-Alim es cariñosísimo, dice que Estambul está totalmente occidentalizado, que lo del burka es una exageración, que el mío será precioso, y que la henna en las manos y en los pies va a juego con mis ojos. La boda me ha dicho que no está claro quien la paga, si el padre de la novia, como dote para crear vínculos entre el Oriente y el Occidente o la familia de él que vive en la Capadocia con las cabras.

Mi tercer posible amor es un latino de los que te quitan el hipo. Guapo, simpático, lo malo es que está en paro. Bueno, ya sabes que trabajó un poquitín y está cobrando el paro, ahora se le acaba, pero papi, ya sabes que tiene la prestación. Pero es muy espabilado porque cada mes hace chapuzas a los colegas y se saca un dinerillo para ir tirando ¿qué si podrá hablar con tus familiares los ingleses en la boda? No, papi, no habla inglés, sólo lo chapurrea, pero que en seis meses se pone al día con el inglés, si es necesario. Me lo ha prometido, Y una promesa es una promesa. Lo mejor es que cuando nos casemos nos iremos a vivir con vosotros, ¿no te hace ilusión papá? Me ha dicho que mejor que la boda la pague yo, que así la hago a mi gusto que soy la novia, y que como yo me merezco lo mejor que seas tú el que te ocupes de pagarlo todo. Que él elige el sitio, y que lo podemos celebrar en un sitio que está construido a medias, pero para el día de la boda va a estar listo seguro.

El padre, después de escuchar las reflexiones de su hija sobre sus tres pretendientes lo tiene clarito como el agua: “hija, saca los palillos, que con el arroz de la paella vamos a hacer sushi. Dile: arigato gozaimasu a Takashi, vete haciendo las maletas y mete el kimono azul, ¡que ese si que pega con el color de tus ojos!”.

¿A quien queremos engañar? La gente se rinde al dinero, así que más vale que empecemos a cambiar esa imagen de pobrecillos que se quiere dar de nosotros. Porque no es justo que hayamos dado una imagen que no es para nada lo que somos los empresarios de este país. Somos guerreros, llevamos impregnado en las venas, savia del árbol de la siringa, que hace que a estas alturas todo lo que llegue lo repelamos. Claro que somos olímpicos, nadie que no sea olímpico podría soportar una crisis de este calibre. Si los políticos no son capaces de ver que los españoles no queremos ni nos merecemos ir de humildes por la vida, más vale que sean ellos los que hagan las maletas y dejen paso a nueva savia con coraje y narices para comerse el mundo.

Mientras escribía este editorial he recibido la noticia de que Carlos Vivas, que trabajó con mi padre durante muchos años y después de que mi padre falleciese se quedó a mi lado trabajando, acaba de fallecer. Lo menos que puedo hacer para alguien tan grande y especial, es dedicarle este editorial y pensar que él, ya está sobre las nubes fumándose un cigarro como le encantaba. Descansa en paz Carlos, te quiero.